viernes, 29 de mayo de 2026

 

"MI INFANCIA"

Hola, mi nombre es Succu. Soy una pequeña súcubo que habita en el séptimo círculo del infierno, y esta es la historia de mi vida... o al menos una parte de ella.

Cuando pienso en mi infancia, los recuerdos llegan envueltos en el aroma de la tierra mojada y el sonido de la lluvia golpeando un techo de lámina. Durante varios años viví en un pequeño pueblo escondido entre las montañas y los bosques del estado de Hidalgo, en México. A esa edad uno no entiende mucho sobre el mundo, pero sí sabe cuándo es feliz, y creo que, a mi manera, lo era.

Vivíamos con mis abuelos paternos en una casita sencilla. Cuando llovía, el aguacero retumbaba sobre las láminas con tanta fuerza que parecía que el cielo entero había decidido caer sobre nosotros. Sin embargo, lejos de asustarme, aquel sonido me resultaba reconfortante. Era una especie de música natural que acompañaba el olor de la tierra húmeda y convertía cada tormenta en un momento de paz.

De todos los recuerdos de aquella época, los más valiosos son los que compartí con mi abuelo. Solíamos caminar por los senderos del bosque que rodeaban el pueblo. El lugar se llamaba Calnali, que significa "casa al otro lado del río", un nombre que siempre me pareció mágico, como si perteneciera a una leyenda antigua.

Las celebraciones del Día de Muertos eran especialmente memorables. Mi abuelo nos llevaba a recorrer las calles para visitar a sus amigos. En aquellos años existía una hermosa costumbre: sin importar a qué casa llegaras, siempre te ofrecían algo de comer. Tamales, atole, pan, café... la hospitalidad parecía infinita.

Mi abuelo, incapaz de rechazar cualquier muestra de cariño, había desarrollado una estrategia bastante ingeniosa. Llevaba consigo una pequeña mochila donde guardaba todo lo que le regalaban. Al final del recorrido terminábamos con una colección impresionante de comida. Viéndolo en retrospectiva, era algo parecido a Halloween, pero en lugar de regresar con dulces, volvíamos cargados de tamales y atole.

Mis hermanos y yo vivimos allí alrededor de cuatro años. Nuestros padres nos habían dejado al cuidado de nuestros abuelos mientras trabajaban arduamente para construir la casa donde vivo actualmente. Durante ese tiempo también pasamos una temporada con una de mis tías, que vivía en el mismo pueblo.

Mientras tanto, mis padres intentaban sacar adelante a la familia. Cuando lograron ahorrar algo de dinero, decidieron invertirlo en el rancho de mi abuelo. Era una apuesta arriesgada, pero también una esperanza. Sin embargo, la vida tiene una extraña habilidad para ignorar nuestros planes.

Las cosechas no prosperaron. El clima no ayudó y, para empeorar las cosas, algunas vacas especialmente glotonas encontraban siempre la manera de escapar y destruir los cultivos. Después de tanto esfuerzo e intentarlo varias veces, los ahorros desaparecieron y la situación económica volvió a complicarse.

Así que la historia se repitió.

Mis hermanos y yo terminamos viviendo con otra tía, esta vez en un rancho ubicado en el Estado de México. El cambio fue enorme.

Yo venía de un lugar rodeado de montañas, bosques y ríos. Estaba acostumbrada a despertar viendo árboles y escuchando pájaros. El nuevo paisaje era completamente diferente: enormes extensiones de pradera que parecían no terminar nunca.

Había vegetación, sí, pero solamente durante ciertas temporadas de lluvia. El resto del tiempo el clima parecía empeñado en demostrar lo extremo que podía llegar a ser. Cuando hacía calor, el sol quemaba la piel sin piedad. Cuando hacía frío, el agua de los charcos llegaba a congelarse.

Como si eso no fuera suficiente, cada cierto tiempo aparecían plagas. Algunas eran insectos. Otras eran pequeñas criaturas parecidas a lagartijas que todos aseguraban que eran venenosas. Y, por supuesto, tampoco faltaban las víboras.

Nunca logré sentirme cómoda allí.

Recuerdo el viento constante soplando sobre los campos. Día tras día levantaba polvo y tierra, colándose por todos lados. Había momentos en los que parecía que el propio paisaje quería expulsarme.

Viví en aquel lugar aproximadamente dos años. No fueron los peores años de mi vida, pero tampoco los más felices. A veces pienso que fue allí donde aprendí una de las lecciones más importantes de la infancia: no todos los lugares se convierten en hogar, aunque pases mucho tiempo en ellos.

Finalmente regresamos a casa.

Para entonces ya estaba entrando a la secundaria. Sin darme cuenta, aquella etapa despreocupada de mi vida comenzaba a quedar atrás. Los días de correr por los bosques, caminar junto a mi abuelo y escuchar la lluvia sobre el techo de lámina empezaban a transformarse en recuerdos.

Y es curioso cómo funciona la memoria.

Cuando somos niños soñamos con crecer. Creemos que la aventura está adelante, esperando en el futuro. Pero conforme pasan los años descubrimos algo extraño: muchas veces los tesoros más valiosos quedaron atrás, escondidos en momentos que parecían ordinarios mientras los vivíamos.

Quizá por eso sigo recordando aquellos días.

Porque algunas partes de nosotros nunca abandonan los lugares donde fueron felices por primera vez.

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