viernes, 29 de mayo de 2026

 "MI CARRERA"

La secundaria fue una etapa extraña de mi vida.

No sufrí bullying de manera directa, pero tampoco puedo decir que la disfrutara. El ambiente era complicado. Debido a la zona y las condiciones sociales del lugar, era común encontrarse con grupos de jóvenes que ya estaban involucrados en problemas, delincuencia o conductas bastante cuestionables. Se formaban pequeñas pandillas y la hostilidad parecía formar parte de la rutina diaria.

Nunca logré sentirme cómoda allí.

Tuve la suerte de ingresar a la educación básica a una edad más temprana de lo habitual. Además, gracias a mis calificaciones y desempeño académico, me adelantaron algunos años más durante mi formación escolar.

En aquel entonces era algo parecido a una pequeña niña genio.

Como estuve adelantada para mi edad. Sentía que mientras muchos de mis compañeros pensaban en unas cosas, yo ya estaba preocupada por otras completamente diferentes. Esa diferencia hacía que me sintiera un poco fuera de lugar, como si hubiera llegado al escenario equivocado de una obra de teatro.

Por suerte, cuando entré a la preparatoria, el panorama cambió por completo.

Fue como abrir una ventana después de pasar años en una habitación cerrada.

De repente el ambiente era más amable, tranquilo y respetuoso. La mayoría de mis compañeros aunque eran mayores que yo, eran personas agradables con quienes resultaba fácil convivir. Por primera vez sentí que podía respirar.

Durante toda mi vida escolar solía estar entre los mejores promedios de la clase, y la preparatoria no fue la excepción. Pero más allá de las calificaciones, lo que realmente recuerdo de esos años es que empecé a descubrir el mundo.

Fue la época en la que comencé a asistir a convenciones de anime, a conocer personas con intereses parecidos a los míos y a explorar poco a poco quién quería ser.

También recuerdo que los profesores nos enviaban constantemente al teatro y nos asignaban lecturas. Debo admitir que en aquel entonces no era precisamente una amante de los libros. Con el tiempo aprendí a disfrutarlos más, aunque siempre tuve una opinión algo diferente a la de algunos maestros.

Muchos repetían una frase que escuché incontables veces: “Si no lees libros, eres menos culto”.

Nunca estuve completamente de acuerdo.

Siempre pensé que la cultura no depende únicamente del formato en que recibes el conocimiento, sino de la calidad de lo que aprendes. Después de todo, una persona puede leer cientos de novelas sin aprender demasiado sobre el mundo, mientras otra puede pasar horas estudiando ciencia, historia, filosofía o tecnología y desarrollar una enorme comprensión de la realidad.

Quizá era una reflexión demasiado rebelde para mi edad, pero incluso entonces ya me daba cuenta de que muchos adultos repetían ideas sin cuestionarlas, y a veces terminaban enseñando más costumbres que pensamiento crítico.

Sin embargo, los verdaderos desafíos apenas estaban por comenzar.

Al terminar la preparatoria llegó el momento de elegir una carrera universitaria.

O al menos eso creía.

Yo siempre había querido estudiar algo relacionado con el dibujo, la animación y la creación visual. Desde pequeña me fascinaba la idea de construir mundos, personajes e historias. Pero mis padres tenían otros planes.

Como muchas personas de su generación, se dejaban influenciar por lo que escuchaban de amigos y conocidos. Cuando les conté lo que realmente quería estudiar, reaccionaron con enojo.

Recuerdo especialmente una frase que se quedó grabada en mi memoria:

“De dibujos no te vas a mantener.”

Intenté proponer otras alternativas. Carreras que tampoco eran mi sueño, pero que podrían parecerles más aceptables. Sin embargo, ninguna les convencía.

Al final terminé estudiando Derecho, principalmente por imposición de mi padre.

Y aunque puse todo mi empeño, algo dentro de mí comenzó a romperse.

Me gradué con honores. Sobre el papel todo parecía un éxito. Era la estudiante ejemplar que cumplía con las expectativas de los demás.

Pero por dentro sentía que mi vida estaba tomando un camino que no me pertenecía.

Con el tiempo, empecé a tener depresión, abandono emocional, expectativas imposibles y la sensación de vivir una vida ajena comenzaron a pasar factura. Siempre me exigieron ser la mejor. Siempre debía destacar. Siempre debía demostrar algo.

A eso se sumaba que, debido a mi edad, nunca terminaba de encajar completamente con mis compañeros. Era más joven que muchos de ellos y, aunque parezca un detalle pequeño, esa diferencia terminó pesando más de lo que imaginaba.

En medio de todo aquello también viví mi primer amor.

Y poco después, mi primer corazón roto.

Cuando esa relación terminó, fue como si todas las emociones que había estado cargando durante años explotaran al mismo tiempo.

Intenté quitarme la vida tomando pastillas.

Todavía hoy me cuesta mirar hacia atrás y recordar esa etapa. No por vergüenza, sino porque fue uno de los momentos más oscuros de mi existencia.

Me llevaron de urgencia al hospital y, durante los días de recuperación, tuve mucho tiempo para pensar.

Pensé en mis decisiones.

Pensé en mis miedos.

Pensé en todo lo que había sacrificado para cumplir expectativas ajenas.

Y por primera vez me hice una pregunta sencilla, pero poderosa:

¿Por qué estaba viviendo la vida que otros querían para mí en lugar de la que yo quería construir?

Aquella pregunta cambió mi destino.

Decidí estudiar lo que realmente amaba.

Mi padre se enfadó profundamente. Recuerdo que me dijo algo que me dolió muchísimo:

“Yo ya te di una carrera. Si quieres terminar vendiendo chicles, es tu problema.”

Lloré.

Lloré mucho.

Pero a veces crecer significa tomar decisiones aunque nos rompan el corazón.

Así que seguí adelante.

Me inscribí en la carrera de Diseño Digital y Producción Audiovisual en la Universidad Tecnológica Fidel Velázquez.

Las críticas no tardaron en llegar.

Algunos familiares repetían comentarios parecidos:

“Con eso ni para las tortillas te va a alcanzar.”

Como el apoyo económico era limitado, me esforcé al máximo para conservar becas y mantener mis estudios.

La carrera era brutalmente demandante.

Mientras muchos estudiantes disfrutaban largas vacaciones, nosotros apenas teníamos una semana de descanso. Las cargas de trabajo eran enormes y la calificación mínima para aprobar era ocho.

Pero por alguna razón, mientras más difícil se volvía el camino, más segura estaba de que había tomado la decisión correcta.

Por primera vez estaba luchando por algo que realmente quería.

Y eso hacía toda la diferencia.

Trabajé sin descanso. Pasé noches enteras estudiando, realizando proyectos y perfeccionando cada detalle. El esfuerzo rindió frutos y logré mantenerme constantemente en el primer lugar de la generación. más por el hecho que asi garantizaba la beca de exelencia y poder solventar mis estudios que por otra cosa.

Con el tiempo, incluso mis padres comenzaron a cambiar.

Al ver mi dedicación y los resultados que obtenía, dejaron de intentar convencerme de abandonar mis sueños. Supongo que la edad también les permitió reflexionar sobre muchas cosas.

La universidad me dejó incontables experiencias, aprendizajes y anécdotas que quizá contaré otro día.

Finalmente me gradué en plena pandemia.

Y aunque mi vida no se convirtió en una historia de riqueza, fama o grandes lujos, terminó convirtiéndose en algo mucho más valioso para mí.

Se convirtió en una historia que realmente me pertenece.

No tengo mansiones.

No tengo autos de lujo.

No aparezco en revistas ni soy una persona famosa.

Pero cada mañana despierto sabiendo que dedico mis días a aquello que siempre soñé hacer.

Vivo de mi trabajo de manera honrada.

Creo, aprendo y construyo cosas que nacen de mi propia pasión.

Y eso me ha dado una paz que durante muchos años pensé que era imposible alcanzar.

Con el tiempo comprendí que el éxito no siempre tiene la forma que nos enseñan. A veces no consiste en acumular dinero, reconocimiento o prestigio. A veces consiste simplemente en tener la libertad de elegir quién quieres ser y el valor de convertir esa elección en realidad.

Hay algo profundamente reconfortante en trabajar en aquello que estudiaste porque lo amabas, no porque otros lo eligieron por ti. Hay una tranquilidad difícil de describir cuando tus esfuerzos, tus conocimientos y tus sueños avanzan en la misma dirección.

Nadie me enseñó eso en la escuela.

Nadie me explicó que la verdadera recompensa no siempre llega en forma de riqueza, sino en forma de serenidad.

Porque existe una felicidad silenciosa que no hace ruido, que no presume ni necesita aprobación. Es la satisfacción de despertar una mañana, mirar la vida que has construido con tus propias decisiones y sentir que, después de tantas dudas, tropiezos y batallas, finalmente estás exactamente donde deseas estar.

Y cuando eso sucede, incluso los días difíciles se sienten más ligeros.

Porque trabajar en aquello que amas no elimina los problemas de la vida, pero sí les da un sentido. Y descubrir ese sentido ha sido, sin duda, una de las mayores victorias de mi existencia.